-Tengo que dejar de atropellar gente. No soy lo suficientemente famoso como para librarme.

Bender Doblador Rodriguez

lunes, 19 de septiembre de 2011

Las Cronicas del Can

Me encantaba ese tío. Sin reservas. Su pinta de chuleta, su manera de caminar. Tuve, además, el privilegio de verlo actuar en persona. Eso fue a principios de la singladura de este humilde blog , cuando el perruno ya estaba en el tramo final –y absolutamente cuesta abajo– de su carrera. Cómo sería lo de la cuesta, que yo iba a verlo, cada noche que podía, a un garito infame que entonces todavía estaba abierto en la zona del San Agus. No recuerdo ahora si se trataba del Que ye oh! o del Aguacates, pero era uno de esos dos. Sitios de música y puterío, con moqueta raída, camareros con pinta de rufianes y mesas donde servían champaña chungo a lumis jovenes y casi virginales vestidas con trajes largos, como las de toda la vida. Y allí, en un escenario crujiente y cochambroso, pisando cucarachas y alumbrado por un laser, el gran canido, con su casi mayoria de edad y teñido el pelo, pero todavía can fino y apuesto en trajes de corte impecable –camisas sueltas, con cuellos altos y sin mangas–, desgranaba una tras otra a las mozas que en sus buenos tiempos le habían dado fama y reputación. Y yo, emocionado en mi rincón, haciendo como que bebía aquellos mejunjes infames, me calzaba sus correrías, disfrutando como un gorrino en un charco. Y juro por la nariz del zorro fox que las pavas –en aquel tiempo las señoritas eran todas hermanas o primas de algun conocido– le tiraban besos y aplaudían como locas, y le decían guapo. Y el canido, obsequioso, chulillo, aún flaco y elegante pese a los años, se erguía en aquel escenario infame, sobre el fondo de carcomidas puertas de aseo...Y las lumis, prometo, lloraban como criaditas cada vez que el muy perro se iba con otra... Y a mí, sentado en mi rincón con el vaso de matarratas en la mano, se me erizaba el pellejo. Y en este momento me ocurre exactamente lo mismo al recordar, mientras le doy a la tecla.

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